En realidad no hay belleza más auténtica que la sabiduría que encontramos
y apreciamos en ciertas personas. Prescindiendo de su rostro, que puede ser poco agraciado,
y haciendo caso omiso de la apariencia, buscamos su belleza interior. (Plotino)
El debate no es nuevo ni original, de hecho ya lo hemos abordado varias veces, con matices diferentes en este mismo foro. Así pues, retomo en ese nuevo tópico algunas ideas que aparecieron en otra discusión iniciada en algunos hilos más abajo.
Algunos de nosotros al pensar en belleza pensamos en la “belleza de la naturaleza”, evocamos la diversidad de la vida sobre la tierra, la profundidad del océano, las imponentes montañas, la fecundidad de la tierra, nuestra pequeñez frente al devastador horizonte de una noche estrellada.
Otros, pensarán sin duda en la belleza “artificial” de lo que el hombre pude hacer. Bellezas intelectuales como la que nos da la ciencia, esa vocación por explicarlo todo a través del tamiz de la razón. ¡Cuantas veces podemos enamorarnos de nuestra evolucionada y misteriosa conciencia!
Y habrá también quien al pensar en belleza, evocará otras artificialidades humanas. El arte, experiencia subjetiva si las hay, pretende, por definición, ser una mera búsqueda de lo bello por lo bello mismo. Poesía, música, plástica... ¿hay un criterio estético absoluto en la historia del arte? No solo dudo, sospecho la imposibilidad de averiguarlo. Quizá solo me atrevería a sugerir que cuando alguna expresión artística atraviesa la historia humana sobreviviendo las modas efímeras o localistas, esta puede alcanzar prolijamente la etiqueta de belleza clásica, una belleza sin tiempo ni lugar.
Pero para muchos otros, belleza es la belleza del cuerpo humano. Apreciación tácitamente inspirada en el deseo sexual y en nuestros más evidentes instintos de conservación de la especie. Leía el otro día en la National Geographic un artículo sobre las hermosas aves del paraíso. Ostentosos plumajes destinados a cortejar a sus féminas, parecen, francamente un exceso evolutivo, una inversión desproporcionada en la vocación por seducir, fenómeno absurdo por lo poco práctico en casi cualquier otro contexto geográfico que no fuera Nueva Guinea, en donde la escasez de depredadores ha permitido colores y formas originalmente exóticas. Las aves del paraíso sugieren que la belleza es , en definitiva, un lujo al que no todos fueron invitados.
Y finalmente, los menos terrenales de nosotros, en trance místico o quizá platónico, asegurarán que más allá de todas estas formas de belleza, está la belleza que no es de este mundo... al menos no en el sentido profano (superficial, frívolo, mundano, sensible), alcanzando una dimensión sagrada y misteriosa que solo se deja ver a través de las acciones nobles, la felicidad o el verdadero sentido de las cosas. Habrá quienes relacionen así lo bello con lo verdadero, con lo auténtico, con lo trascendente...
En fin, por mi parte, creo que la belleza es siempre relativa... y se encuentra siempre en los ojos del observador. Ahora, una última pregunta, la más importante de todas... ¿estoy linda? :-)