Sólo una cosa no hay. Es el olvido
Dios que salva el metal salva escoria
y cifra en Su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido.
Ya todo esta. Los miles de reflejos
que entre los dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que ira dejando todavía.
y todo es una parte del diverso
cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores
y las puertas se cierra tu paso;
sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos y Esplendores.
JLB-Everness
Días atrás, discutía con un amigo sobre el significado de vivir el presente, que no sería exactamente lo mismo que vivir el momento. Por mi parte, pensaba que vivir (sí, vivir con énfasis) el presente, tiene que ver con el modo en que se cristaliza el recuerdo. Cuando uno vive un momento intensamente, esto es, prestándole debida atención, con toda probabilidad podrá evocarlo recordando cuantos detalles sensoriales haya atendido. Reflexionaba así que puedo evocar mucho de lo que leído cuando me ha gustado, diálogos enteros sobre discusiones que me resultaron interesantes, casi toda la música que escuchaba en la adolescencia, los colores de mis pintores favoritos... pero no puedo recordar rostros con facilidad, ni números telefónicos o de documentos, ni mucho menos vocablos en lenguas extranjeras... a no ser que recurra a reglas mnemotécnicas que por cierto, siempre me dan mucho resultado. Mi memoria es selectiva, precisa solo cuando le conviene.
Siempre interesada en el tema, observé en mis hijos, que hasta los tres años, podían recordar hechos significativos del año anterior, aunque lo olvidaban al paso de un año en que los recuerdos eran reemplazados con otros nuevos. Así, mi hija recordaba un viaje al glaciar Perito Moreno cuando tenía dos años (ella tenía un año en ocasión del viaje), pero ya no podía evocarlo al cumplir tres, a pesar del estímulo fotográfico. O mi hijo recordaba el nacimiento de su hermana (él tenía dos años en ese momento) pero seis u ocho meses después, creería que su hermana existió desde siempre. Hacia los dos años y medio, casi tres, los recuerdos de mis hijos parecieron volverse más estables en ellos, independientemente de cuan atrás se encontraran en el pasado. Por ejemplo, ambos recuerdan claramente momentos de un viaje a Disney, cuando tenían respectivamente tres y cinco años.
Desde hace tiempo los investigadores han conjeturado que los cerebros de los bebés carecían de la capacidad de formar recuerdos, pero Bauer de la Universidad de Duke, dice que nuevos estudios indican que no es así. Sostiene la científica que la capacidad de formar recuerdos depende de una red de estructuras en el cerebro que se desarrollan en tiempos diferentes y al unirse esas estructuras entre los 6 y los 18 meses de vida, aumenta la capacidad de recordar a corto y a largo plazo. Entre los 6 meses y los 2 años, la memoria aumenta de unas 24 horas hasta un año. Los recuerdos más antiguos de los adultos tienden a ser experiencias emocionales infantiles, negativas o positivas. En síntesis, la capacidad de recordar el pasado madura durante los primeros dos años de vida.
Bauer comparó además, los cerebros de los infantes y los adultos con coladores que filtrarían información. Mientras que adulto tiene agujeros más pequeños, los de los niños son más grandes, de manera tal que más información pasa al olvido.
Bauer señala, que "Nuestras vidas dependen completamente de nuestra capacidad para recordar el pasado", y en efecto, yo también creo que la buena memoria es la mejor herramienta de la libertad. A nivel personal creo que mi memoria se vuelve más exacta para algunas cosas con los años, porque la posibilidad de asociación en función de la experiencia va aumentado... pero se vuelve mucho más precaria para lo rutinario y lo repetitivo, a lo mejor por confiar en exceso de las anotaciones y artimañas varias que la vida moderna tiene para ayudarnos en los aspectos aburridos de la vida.
¿Qué creen uds. de todo esto? ¿Atesoran recuerdos infantiles? ¿Qué papel le reservan al arte de la memoria en vuestras vidas?