¿Es que la soledad no es por ventura ya el nombre de pila del aburrimiento?
Günter Grass, El tambor de hojalata
No es bueno que el hombre esté solo, profetiza la sentencia bíblica. Y es sin duda una buena definición, no solo del hombre sino de la vida en general. La vida necesita asociarse, acoplarse, sumarse, multiplicarse, devorarse. El impulso vital parece oscilar entre un “eogísta” instinto de conservación y una “generosa” búsqueda del otro. Aquel otro que la vida necesita, aunque solo sea para perpetuarse.
Pero pese a esta red casi mística que nos une a la vida y a la materia toda, la conciencia despierta en nosotros la sensación de soledad: pienso, luego existo. Solitariamente nos descubrimos frente al otro, a los otros, a lo otro. Y asi, enfrentamos en soledad las más complicadas decisiones, optamos en secreto, decidimos, arriesgamos, sufrimos, gozamos, descubrimos. La subjetividad de la conciencia se eleva solitaria y orgullosa asumiendo su destino.
Y esta soledad, justamente se acentúa por el mandato gregario, instintivo y vital. Porque sobrevive incluso a la contradictoria sospecha arraigada en el despertar de la conciencia: la más profunda intimidad, la experiencia interna, es irremediablemente intransferible.
Por mi parte, yo creo que estamos solos. El hombre es un ser solitario. Y nuestra soledad se enreda melancólica en el anhelo social, como en un eterno proyecto inconcluso.
¿Uds. como lo ven? ¿Estamos solos... o más bien acompañados? ¿o quizá solo se trate de mero aburrimiento?