El arte de ver el vaso medio lleno

El optimismo es sin duda un estigma de la personalidad. Una clave que podría llegar a marcar la diferencia entre ser felices o no serlo. Por mi parte distingo tres clases de optimismo, según su proyección temporal:

1.El optimismo de darle mayor valor a los aspectos positivos que a los negativos, en el preciso instante que se está viviendo.

2.El optimismo a futuro, que se traduce en la confianza en que los sucesos por venir nos favorecerán de alguna manera. O simplemente, en la certeza de que podremos controlar el futuro para que el curso de los acontecimientos nos sea beneficioso.

3.El optimismo retrospectivo, que supone un balance de nuestro pasado en el cual nuestros errores son considerados oportunidades para el aprendizaje.

De más está decir que descarto de la categoría “optimismo” a la obstinación con que todo va a mejorar mágicamente y nada se hace para construir ese futuro, ni la necedad de quien no admite cuando las cosas no están bien, ni la elaboración de un pasado delirante en el que los acontecimientos son cambiados para inventar una historia que en realidad nunca sucedió...

Ahora bien, vayamos a la ciencia:

Según un artículo publicado en LNOL, un estudio de la Universidad de Nueva York, detectó que la imaginación de situaciones positivas, mejora la actividad en el cíngulo anterior y en la amígdala, que son las mismas áreas cerebrales que parecen funcionar mal en casos de depresión. En esta línea, se cree que los individuos sanos en esta región cerebral tendrían una mayor capacidad para integrar y regular la información emocional y autobiográfica, construyendo así una visión optimista del futuro.

Se especula en consecuencia, que las reacciones emocionales interactúan con procesos cognitivos más organizados y planificados (pensamientos, intenciones, planes) de modo tal que estos pueden modificar el curso de la respuesta emocional. La interacción sucede en ambas direcciones en tanto lo emocional también condiciona la voluntad.

¿Y esto qué significa?

Aparentemente, el modo en que pensamos e interpretamos nuestra realidad se conecta directamente con nuestras vivencias emocionales, entonces, modificando la forma en que pensamos podemos mejorar nuestra experiencia emocional. ¿Podremos convertirnos en optimistas a través de un mero ejercicio de la voluntad?

por Graciela Paula Caldeiro