Metafóricamente puede decirse que la selección natural escudriña, cada día y cada hora, por todo el mundo, las más ligeras variaciones: rechaza las que son malas, conserva y acumula todas las que son buenas y trabaja silenciosa e insesiblemente...
Charles Darwin, El Origen de las Especies,
Cap. IV Seleción Natural o Supervivencia de los más aptos
La oposición entre las ideas lamarquianas y darwinianas puede parecer en un primer nivel de lectura un problema científico. La idea de Lamarck era básicamente una idea intuitiva: un rasgo adquirido podría ser transmitido a la siguiente generación. La idea es bien fácil de ridiculizar: si la hipótesis fuera correcta ¿los cirujanos plásticos no perderían su trabajo en un par de décadas a menos que cambiaran drásticamente los parámetros de belleza?. Pero un buen lamarckista, obviaría la provocación y argumentaría sin desesperarse que un implante de siliconas no es una adaptación adquirida por el organismo como respuesta a un desafío ambiental, sino un artificio de otra naturaleza. Las jirafas habrían obtenido un largo cuello tras esforzarse por generaciones buscando su alimento de altos árboles... no porque un cirujano hubiera decidido unilateralmente hacerlas más esbeltas.
Pero más allá de la discusión estrictamente científica, en las profundidades del lamarquismo, se observa un rasgo ideológico importante: proponer que los esfuerzos de un individuo no son en vano. La impronta pedagógica de esta idea es evidente, el logro individual (o el generacional), adquiere una trascendencia reveladora. El darwinismo, representa la vereda opuesta a esta concepción... cuyas consecuencias son bastante indeseables o incluso antipáticas. ¿Existe algo más "injusto" que la idea de una "selección natural" como el mecanismo principal del cambio evolutivo? ¿Algo más desmoralizador que el azar distribuyendo cambios irracionales, la mayoría de las veces, desafortunados y autodestructivos?
Pero las cosas son como son y no como nos gustaría... y parece que la naturaleza no es para nada "políticamente correcta". La llamada "síntesis moderna" del evolucionismo desplazó ideas que habían tenido sus quince minutos de fama: el saltacionismo de Huxley (que creía en el surgimiento repentino de varias especies), la ortogénesis (que postulaba una suerte de fuerza intrínseca en la materia que dirigía el progreso evolutivo) y por supuesto, el lamarquismo o la herencia de caracteres adquiridos.
La "síntesis moderna" postuló entonces que el capital genético, si no es modificado por el azar, pasa sin modificación alguna a la siguiente generación. Arthur Weissman parece que describió el asunto de manera más o menos convincente. Existen dos líneas: la somática y la germinal. Mientras que la línea somática representa lo contingente, la línea germinal es inalterable e inmortal, pues es de ella que se forman las células reproductoras. Lo germinal puede influir sobre lo somático, pero esta influencia no puede darse a a inversa: es lo que se conoce como la barrera de Weissmann y, obviamente, es aún hoy la clave del darwinismo.
La consecuencia de la barrera de Weissmann es que la evolución no depende de ninguna forma de voluntad, y solo el azar, inexplicablemente y sin rumbo, marca la lentísima acumulación de cambios en imprevisibles direcciones...
Evolucionismo revolucionario
En la rusia stalinista, las ideas darwinianas eran odiosas. No es difícil adivinar por qué: el darwinismo, con su selección natural, era cosa del capitalismo. El marxismo, que debía intervenir para cambiar el curso de la historia, nada podía dejar en manos del azar. El estado socialista debía educar a los individuos para ser el artífice de la transformación. Si además, lo adquirido podía heredarse, en algunas generaciones el cambio sería parte de las bases genéticas: adoctrinados los padres tendrían hijos comunistas "de nacimiento". Hoy, la idea resulta extravagante y hasta risueña ¿ateos en contra de Darwin? ¿el antidarwinismo no era cuestión de sotanas?. La cuestión deja al descubierto la tendencia que tenemos los humanos a a extrapolar modelos abstractos pretendiendo imponer el mapa al terreno... según el camino que nos interese recorrer.
La conclusión es que históricamente, la discusión científica sobre la evolución se ha empantanado no solo por cuestiones religiosas sino además, políticas e idelógicas. ¿No suena en definitiva, bastante desagradable, considerarnos esclavos de nuestro pasado en vez de artífices de nuestro futuro?
Creo que la implicancia de la cultura humana parece irrelevante frente a la inmensidad de la Naturaleza... y el descubrimiento es, a fin de cuentas, demasiado duro para una humanidad orgullosa de sus logros. ¿O quizá sea en ese mismo descubrimiento en donde resida la única grandeza la conciencia?
Alinovi, M, Historia universal de la infamia científica, Siglo XXI editores, Buenos Aires, 2009