Somos el producto de nuestros genes y nuestra historia. Es ese “somos” podemos animarnos a incluir todo, también la conducta y las emociones. Pensarnos solo como un producto de genes o sólo como el resultado del ambiente que nos rodea es decididamente miope.
Diego A. Golombek, Los genes del cerebro (y el cerebro de los genes)
La palabra herencia tiene un significado clave para comprender por qué es lícito hablar de la humanidad en términos globales, tanto histórica como geográficamente. El término tiene tanto un sentido sociológico-cultural, como biológico. ADN mediante, no solo se hereda el color del pelo y de la sangre, sino, insospechadas (o no tan insospechadas) predisposiciones latentes que están allí, como legado de un larguísimo linaje. Pero también heredamos una nacionalidad, una lengua nativa, una manera de entender la pareja y los hijos, la propiedad, la política, el dinero... quizá hasta heredemos el amor por la literatura o la ciencia, una religión, supersticiones.
La reina Victoria le decía a una de sus nietas que cuando se nacía princesa uno no podía comportarse como una persona común. Nicolás II, el último zar, cuyo linaje exigía de él la severidad de un autócrata, carecía de una personalidad a la altura de semejante demanda. Un niño cuyos padres no hayan terminado la escuela primaria, tiene muy poca chance de llegar a la universidad. El hijo de un empresario quiere dedicarse al fútbol, pero se espera de él que lleve adelante el aburrido negocio de su padre, será quizá un empresario fracasado o buscará una variante en la política.
Así pues, heredar predisposiciones y posiciones puede ser un patrón de envidia o una condena. En cualquier caso, la herencia es lo que hace de la humanidad una única especie y una única cultura. Por eso, sin dudas, a cierta altura de nuestra vida, justamente por los genes heredados, comienza a preocuparnos más lo que dejaremos a los que nos siguen que lo que hemos heredado. Aunque la conexión entre los dos momentos es inevitable. ¿Conservar, recibir, transmitir o innovar? ¿Qué nos toca a cada uno de nosotros? ¿Y cuál es nuestro legado?